Hablar de la iglesia para algunos pueda sonar trillado, puesto que muchos están hablando de la iglesia. Sin embargo, considero que a pesar de que se esté hablando de la iglesia no siempre se tiene una cosmovisión bíblica de ésta. Hace más de una década en Latinoamérica un debate muy frecuente y tema de conversación era el del evangelio de la prosperidad y de los falsos maestros que impulsaban una distorsión del evangelio. Se hablaba del evangelio, y siempre se ha hablado, pero no de manera bíblica. De modo que, no es de sorprender que, si antes tuvimos debates sobre soteriología, ahora y en el futuro serán sobre eclesiología.
Como dice el autor de Eclesiastés 1:9: “…nada hay nuevo bajo del sol”, los ataques a los fundamentos de la fe cristiana siguen y en los últimos años algo que está en auge son las formas de cómo hacemos iglesia. Existe un mal entendimiento bíblico de lo que es la naturaleza, la función y la misión de la iglesia. Se dice que la misión de la iglesia debe ser esto o aquello, pero cuando todo es misión, nada es misión. Dios en su soberanía, amor y santidad ha dado a su iglesia una misión, y esta se desprende de su naturaleza y función. La iglesia no nació ayer por la mañana, ni tampoco se fundó en occidente, asimismo su fundador no fue un simple hombre de palestina, sino el Hijo de Dios y Dios el Hijo, a quien se le dio toda autoridad en la tierra y en el cielo (MT.28:18; Fil.2:6-11).
¿Qué es la Iglesia?
En éste breve artículo solo veremos la naturaleza, pero te animo a leer los artículos de la función y la misión de la Iglesia para una cosmovisión más amplia.
«Muchas veces de forma coloquial se dice: “voy a ir temprano a la iglesia” para referirse al edificio de reunión. No obstante, es necesario recordar que la iglesia no son sillas, un púlpito, ni nada hecho por manos humanas«:
Por supuesto que para hablar de la iglesia debemos entender su naturaleza, por lo tanto, debemos abordar al menos dos preguntas la primera es ¿Qué es la iglesia? Una forma de empezar a responder es en forma negativa, es decir, hablando de lo que no es. Muchas veces de forma coloquial se dice: “voy a ir temprano a la iglesia” para referirse al edificio de reunión. No obstante, es necesario recordar que la iglesia no son sillas, un púlpito, ni nada hecho por manos humanas (Hch.17:24). Mark Dever afirma con claridad que la iglesia es el evangelio hecho visible entre un grupo de personas. Esta definición no solamente ubica la esencia de la iglesia en el evangelio, sino que recalca su manifestación concreta y comunitaria.
La palabra griega que se usa en el Nuevo Testamento es ἐκκλησία (ekklēsía), en el contexto griego clásico, se refería a la asamblea de ciudadanos convocados para tratar asuntos públicos. No obstante, el apóstol Pablo y otros autores la adaptaron para referirse a la congregación de creyentes cristianos, ya sea en un lugar específico o a la asamblea universal de todos los cristianos. La iglesia es el pueblo redimido de Dios, llamado a proclamar su gloria, reunido bajo el señorío de Cristo, y dirigido por el Espíritu Santo.
Israel geográfico e Iglesia sin fronteras
En el Antiguo Pacto, la identidad de Israel estaba fuertemente ligada a su geografía y a características distintivas como las leyes ceremoniales y dietéticas. Para formar parte del pueblo de Dios en ese entonces, era necesario circuncidarse y abandonar el politeísmo para abrazar el monoteísmo (ver Génesis 17:9-14, Deuteronomio 6:4, Éxodo 12:48-49). Pero, según el relato bíblico del Antiguo Pacto no vemos que muchos gentiles se volvieron al Dios verdadero. Sin embargo, en contraste con esa delimitación externa, el Nuevo Pacto inaugura una nueva fase en la historia redentora. La Iglesia, compuesta de judíos y gentiles redimidos trasciende las barreras étnicas y geográficas. Como lo anuncia el profeta Isaías, “vendrán muchos pueblos y dirán: Venid, subamos al monte del Señor…” (Isaías 2:3). Esto se cumple en Cristo, quien declara: “vendrán del oriente y del occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios” (Lucas 13:29).
En Pentecostés, vemos esta expansión del pueblo de Dios hacia “toda nación bajo el cielo” (Hechos 2:5). Así, desde el “año cero”, personas de toda lengua, tribu y nación han venido y siguen viniendo a los pies de Cristo cumpliendo así las profecías de la extensión universal del reino de Dios (ver Isaías 49:6, Mateo 28:19-20, Apocalipsis 5:9). En el Nuevo Pacto, la pertenencia al pueblo de Dios ya no está marcada por la circuncisión física, sino por la circuncisión del corazón (Romanos 2:28–29), realizada por el Espíritu mediante la fe en Cristo Jesús (Colosenses 2:11–12).
¿Qué hace que una iglesia sea una iglesia?
La Iglesia tiene una doble realidad: es invisible y visible. Invisible, porque está formada por todos los verdaderos creyentes de todos los tiempos y lugares que, por la fe en Jesús y su obra, son parte del Reino de los cielos. Y visible, porque se expresa en comunidades concretas que se reúnen en torno a Cristo. Ya no dependemos de límites geográficos ni de leyes ceremoniales o dietéticas como en el Antiguo Pacto; ahora la pertenencia al pueblo de Dios se recibe por la fe. Esto plantea un desafío, y nos lleva a la segunda pregunta que debemos plantearnos: si ya no hay pasaportes o señales externas que indiquen de qué ciudadanía somos, ¿cómo podemos reconocer quién pertenece al Reino y, más aún, qué hace que una iglesia local sea realmente parte de la Iglesia universal?
Este desafío no cambia la verdad central: la Iglesia universal es la comunidad de todos los creyentes regenerados por el Espíritu de Dios a lo largo de la historia. La iglesia visible, en cambio, es la expresión concreta de esa realidad espiritual en el tiempo y en el espacio. Ahora, para discernir si una iglesia local refleja esa identidad, debemos considerar ciertas señales indispensables: la proclamación fiel de la Palabra de Dios, la celebración bíblica del bautismo y la Cena del Señor, y el acompañamiento espiritual de sus miembros a través de la corrección y el ánimo mutuo en amor. Estos han sido tres rasgos de las iglesias locales a lo largo de la historia.
Los reformadores como Juan Calvino mencionaron que dondequiera que vemos que la Palabra de Dios es puramente predicada y escuchada, y los sacramentos administrados conforme a la institución de Cristo, allí no cabe duda de que existe una Iglesia de Dios. Es a través de la predicación y la enseñanza de todo el consejo de Dios que la Iglesia es sustentada y alimentada. Los sacramentos, por su parte, son mandamientos claros del Señor Jesús para que los celebremos hasta que Él vuelva (1 Corintios 11:26). Y la disciplina eclesial es esencial para preservar la pureza del cuerpo local, recordándonos que el verdadero amor no consiste en tolerar el pecado, sino en corregir y amonestar en el Señor (Efesios 6:4)
Estos tres aspectos no son independientes, sino que están estrechamente ligados: de uno fluye el otro. Sin embargo, en muchos lugares la predicación cristocéntrica ha sido reemplazada por mensajes centrados en el hombre. Como resultado, el bautismo se reduce a una simple “renovación de fe” para satisfacción personal, en lugar de proclamar la obra del evangelio en la vida del creyente. La Santa Cena, por su parte, se ha convertido en un mero ritual, en vez de un llamado a la comunión y la santificación. La disciplina, que debería ser una expresión de amor mutuo dentro de la comunidad, es vista como falta de amor o, en el mejor de los casos, como una responsabilidad exclusiva del pastor y no como un deber compartido por todo el pueblo de Dios.
«Cada iglesia local es un cuerpo de personas comprometidas entre sí, que viven bajo el señorío de Cristo para crecer juntos y proclamar su Nombre».
Lo que estamos hablando es que el verdadero poder de Dios se manifiesta claramente ante todo el mundo (Mateo 5:16), La iglesia no es un club social, un edificio o un lugar de reunión de amigos entrañables. Cada iglesia local es un cuerpo de personas comprometidas entre sí, que viven bajo el señorío de Cristo para crecer juntos y proclamar su Nombre. A diferencia del pueblo de Dios en el Antiguo Pacto elegido según la carne (Romanos 9:8), la Iglesia es el pueblo escogido en Cristo, cuya señal de identidad no es una marca externa, sino una vida transformada por la gracia (2 Corintios 5:17).
La familia de Dios
No se puede hablar de la Iglesia sin recordar 1 Timoteo 3. En los últimos versos de este capítulo, el apóstol Pablo instruye al joven pastor sobre cómo debe conducirse y, al mismo tiempo, le revela la verdadera naturaleza de la Iglesia. Pablo la describe como «la casa de Dios, que es la iglesia del Dios viviente, columna y baluarte de la verdad» (1 Timoteo 3:15). Esta declaración subraya que la Iglesia no es simplemente una ubicación geográfica ni una institución humana compuesta por diferentes razas, sino una realidad espiritual viva, unida y dinámica.
Más allá de muros o fronteras, la Iglesia está compuesta por personas redimidas de toda lengua, pueblo y nación (Apocalipsis 7:9) para estar en unidad. La Iglesia es un hogar, una familia espiritual donde Dios mismo es el Padre, Cristo es el Hermano mayor (Romanos 8:29; Hebreos 2:17), y cada creyente, por medio del Espíritu Santo, ha sido hecho hijo e hija. Esta visión transforma la comprensión de lo que significa pertenecer a la Iglesia: no se trata solo de asistir a un lugar, sino de ser parte de una familia eterna, llamada a vivir en verdad, en comunión y en misión aquí y ahora bajo la autoridad del Dios viviente.
Al comprender quiénes somos como Iglesia de Cristo, descubrimos un llamado profundo: valorar y amar a cada hermano y hermana que se sienta a nuestro lado. Nos invita, como pastores, a predicar con pasión la Palabra, y como miembros de la congregación, a vivir en auténtica comunión, apoyándonos y edificándonos unos a otros. Porque si Cristo dio su vida por cada uno de nosotros, entonces nuestro amor debe ser real y visible, formando una comunidad redimida que busca traer el cielo a la tierra.