La iglesia: su misión

Las preguntas son buenas para adentrarse en lo más profundo de un tema, así que una buena cuestión para abordar este tema sería: ¿Para qué existe la Iglesia? La misión de la iglesia no es auto impuesta, sino que ha sido conferida por su Cabeza, Cristo. Mateo 28:18–20 establece la gran comisión: hacer discípulos, bautizarlos, y enseñarles a obedecer todo lo que Jesús enseño.

Esta misión no se limita al evangelismo, aunque lo incluye; tampoco se agota en la obra social, aunque la presupone. Es integral y tiene como objetivo final la gloria de Dios. Dever señala que una iglesia saludable es una iglesia centrada en el evangelio, que entiende y proclama fielmente la Palabra de Dios, y forma discípulos que vivan para la gloria de Dios. La misión nace del evangelio, se sustenta en la Palabra, y se extiende por el poder del Espíritu Santo. La moda actual es que todo es misión, pero cuando todo es misión nada es misión.  

Como creyentes individuales somos llamados a ser buenos mayordomos en cada esfera de nuestra vida, sea laboral, familiar, y social. Y es que amar al prójimo es algo que debemos hacer, cuidar a la viuda y estar bien con todos en cuanto depende de nosotros habla de una vida transformada por el evangelio.

No obstante, como iglesia del Dios viviente solo tenemos un llamado supremo y este es el de hacer discípulos para la gloria de Dios, Anthony Hoekema, al hablar del futuro escatológico de la iglesia, recuerda que esta está en peregrinación hacia la consumación del reino de Dios. La misión de la iglesia debe, entonces, tener siempre una perspectiva escatológica. Predicamos, discípulamos y servimos con los ojos puestos en la venida del Señor. 

¿Cuál es la misión?

«La misión es glorificar a Dios en todo el mundo, haciendo discípulos en todas las naciones. Pero ¿qué significa esto? Acaso es hacer prosélitos para un bien común, en ninguna manera».

La iglesia es el cuerpo visible del evangelio. Su naturaleza la define como una comunidad redimida y regenerada por la gracia de Dios. Su función es edificar a los creyentes y proclamar a Cristo. Su misión es glorificar a Dios en todo el mundo, haciendo discípulos en todas las naciones. Pero ¿qué significa esto? Acaso es hacer prosélitos para un bien común, en ninguna manera. 

Algo muy común es enseñar de la gran comisión desde Mateo 28:19-20, cuando el fundamento de esto está en el verso 18: “Y Jesús se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra, por tanto, id”. Vamos al vecindario, trabajo y al hogar para hacer discípulos a causa del mandato divino del Mesías y se puede hacer gracias a su poder. 

Ahora, no solo es necesario retroceder un versículo, si no ir al principio y ver de manera panorámica la gran comisión para comprender el corazón misional de Dios. En Génesis 1:27-28 leemos: “Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó, y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla”.

Adán y Eva fueron creados a imagen de Dios, perfectos y tenían el llamado de llenad la tierra de imágenes vivientes de Dios. Hoy el llamado sigue siendo el mismo, la misión suprema de la iglesia es hacer imágenes vivientes de Cristo en todo el mundo a través del poder del evangelio. 

¿Cómo llenamos la tierra de imágenes vivientes de Cristo?

Podemos pensar en diferentes métodos, como el llamado iglecrecimiento, o en aplicar las últimas tendencias para atraer a jóvenes, adultos, y matrimonios. No se trata de demonizar los métodos, porque de una u otra forma siempre terminamos usando alguno. El punto es reconocer que el mejor método no es el del hombre, sino el de Dios: el método bíblico.

La manera de Dios es que la Iglesia proclame y viva el mensaje del evangelio. En 1 Timoteo 3:15 el apóstol Pablo instruye a Timoteo para que sepa cómo debe conducirse “en la casa de Dios, que es la iglesia del Dios viviente, columna y baluarte de la verdad”.

Al usar las palabras columna y baluarte, Pablo señala el propósito de la Iglesia, y lo hace en contraste con los templos paganos de su tiempo. En Asia Menor abundaban los templos dedicados a distintas deidades, y sus majestuosas columnas eran símbolos visibles de los dioses a los que representaban.

Éfeso, por ejemplo, albergaba el templo más imponente y famoso: el templo de la diosa Artemisa o Diana (Hechos 19). Era considerado una de las siete maravillas del mundo antiguo. En él se veneraba la imagen de la diosa, la cual, según se creía, había descendido del cielo y resplandecía sobre un pedestal de mármol. Multitudes de diferentes regiones acudían allí para ofrecer sacrificios y buscar el favor de esa deidad falsa.

Este templo contaba con 127 columnas de mármol blanco, de unos 19 metros de altura, cada una dedicada como ofrenda de un rey distinto. Adornadas con oro y piedras preciosas, aquellas columnas sostenían un santuario que difundía miles de mentiras y mantenía viva una religión falsa.

Pero la Iglesia no es el templo de un dios muerto, sino del Dios vivo y verdadero. El templo de Diana quedó reducido a ruinas, pero la Iglesia permanece y permanecerá para siempre, porque su fundamento es Cristo, el Dios viviente. Jesús mismo dijo:

«Yo también te digo que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré Mi iglesia; y las Puertas del Hades (los poderes de la muerte) no prevalecerán contra ella». Mateo 16:18

No es la iglesia que está luchando por sobrevivir, sino las puertas de la muerte que luchan por su vida. La Iglesia avanza porque cada uno de nosotros con el poder de Dios somos una columna que sostiene en alto la verdad bíblica para que sea conocida en las naciones y un baluarte que preserva las sanas palabras de Cristo. 

Es por la Palabra que los muertos cobran vida

Es por medio de la predicación del evangelio que podemos contemplar los verdaderos milagros de Dios. Muchos desearían ver abrirse el mar Rojo y caminar en tierra seca, o presenciar una sanidad milagrosa, incluso recibirla en carne propia, pero todos esos portentos son pequeñeses en comparación con la obra más grande: el milagro del evangelio de Jesucristo.

Una de las mayores manifestaciones del poder y la soberanía de Dios es dar vida. ¿Cómo es posible que personas muertas espiritualmente, ajenas a Dios y amantes de sus pecados, de pronto cambien de rumbo y empiecen a desear, amar y obedecer a Dios?

Ese es el verdadero milagro: que los que estaban en tinieblas sean trasladados a la luz admirable de Cristo (1 Pedro 2:9). Como bien dice el apóstol Pablo:

«El cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo, en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados». Colosenses 1:13-14

Como iglesias locales podemos realizar muchas actividades: conferencias, campamentos, retiros, reuniones de familias o de jóvenes. Todo esto puede ser de provecho, pero será estéril y como címbalo que resuena (1 Co. 13:1), si no nos amparamos en Cristo y su obra.

Debemos tener cuidado de no confundir la misión que Dios nos ha encomendado con aquellas cosas que, aunque buenas y necesarias no son el centro. La misión que hemos recibido es clara: llenar la tierra de imágenes vivientes de Cristo. Y esto comienza proclamando a Cristo (Mateo 28:19-20) y se muestra poderosamente viviendo como él (1 Juan 2:6).

El mundo necesita la Verdad, no nuestra verdad

El mundo necesita la verdad de Dios, el mundo está en tinieblas y satanás lucha por mantenerlos en esa oscuridad (2 Cor.4:4). La única manera de salir de esa condición es por medio de la verdad de Dios. Juan 8:31-32 dice: 

“Entonces Jesús decía a los judíos que habían creído en El: Si ustedes permanecen en Mi palabra, verdaderamente son Mis discípulos; y conocerán la verdad, y la verdad los hará libres”.  

Estamos en tiempos difíciles, hoy vivimos en la lucha por la verdad, pues todos dicen tener la verdad y al mismo tiempo no tenerla. Hay quienes afirman que la verdad es relativa, un sin sentido partiendo desde la misma articulación de la frase. 

El problema con los no creyentes no es con el significado objetivo de la palabra verdad (lo que significa, algo conforme a la realidad o los hechos), si no con el mensaje de la verdad bíblica. Minorías y mayorías aceptan sus “verdades” concernientes a diversas ideologías, chismes y cuentos interminables que no aprovechan en nada; con el fin de vivir una vida pasajera o satisfacer sus propias inclinaciones. 

Como iglesia no somos la verdad, ni siquiera podemos determinar qué es y que no es verdad. Dios es quien determina que es verdad, porque Él es la verdad. El ser humano tiene preguntas profundas: ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Cuál es el propósito de la vida? La respuesta la tiene la iglesia porque Dios le ha entregado la respuesta por medio de su Palabra. Así que, como dice el proverbista:  «Compra la verdad, y no la vendas» . Proverbios 23:23 

Tener en claro nuestra misión transformará la manera en que hacemos las cosas, pues no trabajaremos buscando entretenimiento ni números, sino fidelidad a Aquel que nos llamó, sabiendo que “en el Señor vuestro trabajo no es en vano” (1 Co. 15:58).

Como Iglesia estamos llamados a ser columna y baluarte de la verdad. La manera de hacer esto es difundiendo y preservando la verdad de Dios, pero no olvidemos que lo hacemos con la misión de: ¡Hacer imágenes vivientes de Cristo en el mundo!

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